Acerca de mí

Como diría Scarlett O’Hara en una de las escenas más famosas de “Lo que el viento se llevó”:

“A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre”

No soy psicóloga, nutricionista, ni endocrino, tan solo soy una paciente-impaciente, que, cansada de recibir siempre las mismas respuestas, comencé a plantearme a mí misma las preguntas y a documentarme para poder encontrar soluciones auténticas.

Estudié derecho porque siempre he luchado por la utopía de un mundo más justo. La discriminación que sufren las personas con sobrepeso en esta sociedad, es una de las luchas que más necesidad de justicia me genera, al sufrirla en “carne propia”.

Estudié canto clásico porque, hasta hace poco, era una de las pocas profesiones en las que primaban las capacidades artísticas sobre los criterios físico-estéticos.

Bilbaina de nacimiento, crecí también  disfrutando de la buena mesa del norte. A los 18 años comencé a suplir los desengaños amorosos con azucar y me convertí en “glucoinómana”. A partir de entonces comenzó mi lucha conmigo misma, y con ella mis trastornos del comportamiento alimenticio. Cuando adelgazaba recibía halagos de mis seres queridos, y cuando engordaba miradas desdeñosas de reproche, con lo que poco a poco, careciendo de herramientas para luchar contra la ansiedad que todo aquello me provocaba, caí en la bulimia. Comía poco en la mesa, mucho a escondidas, y forzaba el vómito para evitar que todo lo que comía me engordara. No podía ser la perfecta en todo que pretendía ser, y los baremos de competencia que me exigía por suerte pudieron conmigo. Mis calificaciones se resintieron, llegaron mis primeros suspensos, y como en una especie de revolución contra mi misma, me rendí. Me convertí en una estudiante del montón, pero ello conllevó también el fin temporal de mi bulimia.

Desde entonces, mi vida ha sido una constante dieta incumplida, con épocas de grandes bajadas de peso, seguidas de efectos yo-yos. La peor inversión que hice en mi vida, fue la de comenzar una dieta hiperproteica a base de sobres. Adelgacé casi 20 kgs, pero en cuanto me flaquearon las fuerzas y fallé una sola vez, me sentí fracasada, y como contrapartida al espartano esfuerzo dietético llevado a cabo, el fantasma de la bulimia volvió a aparecer. Por suerte, ahora existe mucha más información sobre esos trastornos, y lo superé con menor esfuerzo. Pero como no soy pescadilla, ni me puedo morder la cola, cerré el ciclo comiendo compulsivamente. Gracias a la gran labor de Yolanda Cambra en redes sociales reconocí el problema rápidamente. Esta vez no lo mantuve en silencio, lo reconocí, y recurrí a especialistas para intentar superarlo. La atención que recibí fue bastante frustrante, más de lo mismo, y el verme a mi misma entrando en el Pabellón de Psiquiatría del hospital al que me habían derivado fue el primer indicio para plantearme si realmente no era más efectivo buscar otras soluciones, que seguir sometiéndome a unos patrones impuestos por quienes fracasan con tantos pacientes.

No soy peor que las personas delgadas, ni tengo menores capacidades. Mi problema es conmigo misma, no es tanto psicológico, como bioquímico, mis hormonas generan sustancias que demandan determinados alimentos, y una vez administrados no son capaces de quemarlos, convirtíendolos en grasa. No soy un lastre para las arcas públicas, puesto que he costeado casi todos mis tratamientos en el marco de la medicina privada, y cuando he recurrido al sector público, ha sido más de lo mismo, me han dado una dieta de 1500 calorías, me han dicho que no coma y arreando. Al contrario, doy de comer a un sector dietético (farmacéuticas, industria alimenticia, especialistas) que se nutren de mi problema para sacar beneficios.

Por todo ello he decidido contraatacar al sistema, he decidido quererme más, admirar a la gente delgada en la misma medida que me admira a mí, y dejar de favorecer la “ética” de la industria dietética, que se nutre de mi debilidad para incrementar sus ganancias. Este es el diario de mi revolución.

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