DIA 12: ESTUDIO SOBRE LAS DIETAS

Lo primero que debemos abordar, una vez comprometidos con nuestra causa es cómo abordar nuestro proyecto, comprobar qué metodologías nos son óptimas para conseguir resultados y cuales, por contra no son tan buenas para abordar resultados a largo plazo como los que prentendemos. Por suerte, hay mucho trabajo ya hecho sobre esta materia, que puede documentar nuestro estudio, y que nos puede servir para ver cual adaptamos a nosotr@s:

Quiero remitiros a Luis Jimenez, que me ha abierto los ojos, leyendo sus libros y blogs. Me encanta su mente crítica y minuciosa, y su profundo trabajo de documentación, que pone en tela de juicio todos los estudios científicos que leemos a diario pensando que son verdades irrefutables. Además siempre que puede se moja y da su propia opinión. Su último trabajo sobre la motivación es muy útil para la empresa que nos proponemos llevar a cabo ;-):

https://www.amazon.es/Luis-Jim%C3%A9nez/s?ie=UTF8&page=1&rh=i%3Aaps%2Ck%3ALuis%20Jim%C3%A9nez

http://loquedicelacienciaparadelgazar.blogspot.com.es/

http://elcentinel.blogspot.com.es/

También os recomiendo “La gordura no es su culpa” de Ludwig Johnson.

No recomiendo la auto-administración de los complementos que refiere este último, sin una visita previa al médico, con analítica de por medio, tal y como él mismo recomienda, pero sí su lectura, para entender que, como igualmente postula Luis Jimenez, en “El cerebro obeso”, nuestras hormonas intervienen más de lo que creemos en la toma de decisiones de nuestras ingestas.

Si  te sirve también de ayuda mi estudio empírico en el que he actuado de conejillo de indias te diré que ¡Las he probado casi todas! ¡Y os aseguro que funcionan!… ¡temporalmente!.

Hay dietas de todo tipo: Las de moda del momento, la pirámide alimenticia, las disociadas, las hiperprotéicas, la que yo llamaba “Dieta de los Polvos”, una dieta cetogénica muy famosa, en la que además de una lista restringida de “verde”  te dan todo lo que tienes que comer en sobrecitos de distintos sabores y texturas, en la que te sientes como Tony Leblanc en “El Astronauta”, comiendo algo que llaman nuggets y son polvos mezclados con agua y pasados por la sartén con sabor a sopa de sobre solidificada.  Los últimos estudios científicos promueven incluso basar la dieta en grasas: huevos, cerdo, aceitunas… o sea, todos los fantasmas de  las dietas pasadas juntos, e incluso revueltos.

Los científicos no se ponen de acuerdo, ¿entonces, cómo podemos saber qué tenemos que comer?

Te propongo que empecemos a pensar en nosotr@s, en qué nos gusta y qué no. Que elijamos la forma de comer más sana y placentera. En invierno seguramente nos apetecerán más platos de cuchara, y en verano más platos fríos, habrá alimentos de temporada que estén más sabrosos en unas épocas que en otras… No tiene sentido que nos rijamos por patrones de alimentación predeterminados e invariables, que no atiendan a necesidades reales.

Si has hecho muchas dietas te darás cuenta de que solo hay un parámetro en el que todas están de acuerdo: Las verduras. Son saciantes, fuente de fibras, vitaminas, y en función de las que elijas, son ricas en proteínas, hidratos de carbono o grasa. Dicen los expertos que les faltan algunos componentes, como la vitamina B12, que solo la contiene la proteína animal. Ayudan al tránsito intestinal, mucho más que cualquier yogur anunciado escatológicamente en TV. Eso sí, no todas sientan bien a todo el mundo. Tú conoces tu cuerpo mejor que nadie, por lo que es importante que lo observes, y que no te molestes en forzar tu máquina e incluir aquellas que te sientan mal o te disgustan, por incluir todas las variedades. Hay tantas verduras para elegir, que no pasa nada si aquellas que no te gustan o no te sientan bien no están en tu menú. Si eres vegan@ o te encantan las verduras, estás de enhorabuena.

Un segundo elemento que debemos considerar es que los alimentos son más sanos cuanto menos procesados están, por eso, si podemos, debemos elegir la versión más natural a fin de velar por nuestra salud. En línea con esta premisa está el reducir el consumo de productos que llaman blanqueados (harina, azucar, sal, arroz blanco…) que han pasado por infinidad de procesos depurativos para conseguir más blancura que la colada de Ariel. Nos venden como productos saludables un montón de barritas light, de cereales para desayunar y cenar, que a juzgar por la modelo que los anuncia en TV, comiéndolos te quedas con la misma línea que una tabla de surf. Nos venden como saludables en definitiva, productos que pretenden más que la pérdida de peso, la adicción a sus azúcares y grasas perfectamente compensadas para poner a nuestras hormonas liberadoras de la sensación del hambre a dar gritos de júbilo. Cuanto menos hayan intervenido las empresas del campo de la alimentación en la adicción y adición de componentes, más sano es el producto, tenlo claro.

Y por último, hablar de las calorías vacías, podemos tomarlas de cuando en cuando y darnos un gustazo, no van a dañar nuestra salud, ni a perjudicar nuestro proceso de adelgazamiento si son consumos esporádicos o en pequeñas cantidades, pero nuestra alimentación no puede consistir en ellas si queremos estar sanos y magros, porque como el cuerpo no necesita procesarlas para extraer alimento, van directas a adornarnos la barriga o las cartucheras.

Estudios científicos demuestran que generan efectos de dependencia similares a las drogas (por eso me reconozco glucoinómana). Y si bien las drogas no están a disposición de todo el mundo, las calorías vacías te rodean: están en el súper, en la panadería, y hasta en la mesa de nuestros padres. ¿Habéis visto a algún padre que ponga drogas a sus hijos en la mesa? Pero seguro que vuestras comidas familiares, como las mías, han estado bien servidas de estas drogas alimentarias.

Una vez expuestos los tres puntos básicos que comparten, si no todas, casi todas las dietas, hay que decir que cada ser humano somos un mundo, con gustos y necesidades distintas ¿Puede decirnos alguien lo que tenemos que comer de por vida? ¿Obligarte, por ejemplo, a comer pescado, si lo aborreces? ¿O incluso verduras, como yo te estoy diciendo? ¿Por qué acudimos entonces a alguien para que nos diga lo que se supone que ya sabemos? ¿No será que, al mercado de la dietética le interesa hacernos ver que no sabemos lo que tenemos que comer? A estas alturas del partido, la mayoría de nosotros ya sabemos lo que nos engorda. Se trata de comprometernos con nosotros mismos, con nuestra psique, con nuestro cuerpo y con nuestra salud, para reducir su consumo, ni más ni menos. No hay milagros, ni descubrimientos de última hora.

Un peso sano, no debe ser solo un cambio de alimentación, supone un cambio de filosofía de vida en la que el compromiso diario no se alcanza con el alimento, sino con el cuidado de uno mismo, y que no debe ser planteado como una gincana temporal, sino como un plan de disfrute continuo. Si no te gusta algún tipo de alimento, por tanto, no lo comas, ¡menuda tortura!. La obligación alimentaria no es sostenible a largo plazo, porque es algo que hacemos todos los días, hasta 5 veces. Con respecto a las verduras, debes tener presente que son un mal necesario, y elegir la que más te guste para complementar tu alimentación con lo que te guste de verdad, porque, indefectiblemente todas las dietas llevan verduras, por algo será. Pero creo que en el caso más extremo de alguien a quien no le gusten las verduras, es más sostenible pensar que pueda adaptar su dieta con complementos nutricionales que imponerle una tortura diaria.

Si eres de l@s que te gusta de todo ¡Tu dieta puede ser de todo, menos aburrida! Simplemente se tratará de ajustar raciones y contenidos a tus necesidades. Incluye siempre una buena ración de verduras y disfruta de tus menus.

Las frutas se demonizan en muchas dietas por la fructosa, y la elevación del índice glucémico que esta provoca. Si te gustan, yo no las excluiría. Son un postre más saludable que cualquiera de los elaborados que venden como super-saludables.  Incluso el plátano, las uvas, los higos… tan prohibidos en muchas dietas son mejor que cualquier producto snack envasado.  Si no te gustan o no te sientan bien, no te las autoimpongas.

Lo ideal sería encontrar un especialista que equilibrase los contenidos de nuestra dieta favorita el máximo posible, ojalá todos los profesionales de este campo se reorientaran a eso. Recurrir a alguien para que nos pese y nos dé pautas estandarizadas, es perder el tiempo y el dinero, y en algunos casos hasta la salud psicológica. Los análisis de sangre periódicos son un buen método de medición a falta de algo mejor.

Hoy por tanto quiero que nos centremos solamente en 3 pautas:

.-Incluir, a ser posible, una buena ración de verdura con lo que más nos guste en la comida y en la cena

.-Reducir el consumo de alimentos procesados, en especial los que llaman “venenos blancos”: harina, azucar, sal, arroz blanco… O sustituirlos por sus versiones más naturales o integrales.

.-Reducir el consumo de calorías vacías. Cuando las comamos, por contra a lo que hemos hecho hasta ahora, vamos a disfrutarlas, pero vamos a intentar ir reduciendo las raciones, poco a poco, evitando que su privación nos cree mono, o ansiedad, pero no dejando que el mercado que las crea siga parasitando nuestros intestinos.

¿Podremos hacerlo? Yo creo que sí. No nos preocupemos si no podemos cumplir los 3 objetivos de golpe, llevemos todo esto a nuestro terreno, vayamos pensándolo y poniéndolo en práctica en función de lo que queramos y podamos. Centrémonos en un solo objetivo cada día, o dediquemos varios días a cada objetivo. Lo vamos a ir haciendo en los próximos capítulos.

¡Tus pautas dietéticas las pones tú! Esta es la base de todas las pautas.

Una última cosa, las investigaciones más recientes ponen en tela de juicio lo de las 5 comidas… ¿Por qué no adaptamos también esta norma a nosotros?. Comamos cuando tengamos hambre, un máximo de 5 veces al día. A mí me parece más racional, no todos los días son iguales, ni todos los días tenemos las mismas necesidades. A lo mejor el fin de semana me pego una caminata con los perros por el monte, y entre semana tengo un trabajo sedentario. A lo mejor entre semana madrugo y necesito comer algo antes de la comida para no llegar muert@ de hambre, y el fin de semana como me levanto más tarde y como también más tarde, no necesito tentempiés. ¿En qué cabeza con un poco de rigor cabe que tengas que hacer todos los días lo mismo? ¡Sí, ya sé, en la mía cuando me lo han mandado! Pero si te pones a pensarlo detenidamente… ¡No tiene ninguna lógica, que para que no llegues con hambre a la siguiente comida tengas que comer 5 veces al día, todos los días!

¿No es más llevadero hacerlo todo así, flexibilizar tanta rigidez? Iremos trabajando sobre todo esto poco a poco, de momento, vayámonos conociéndolo y asimilándolo. ¡Que tengas un feliz día!

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